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FLORA, FAUNA Y LA RELACIÒN SOCIEDAD/NATURALEZA:

ORÌGENES DE LA GANADERÌA.

 

A continuación, brindamos al lector una breve pero nutrida enumeración de aquellas especies animales y vegetales que le daban vida a los escenarios en aquellos tiempos fundacionales del Fuerte Independencia, y del espacio pampeano a nivel general. Este texto tiene una doble pretensión: Por un lado, acercar al lector una acotada lista de la gran variedad de seres vivos que acompañaban en el cotidiano a aquellos personajes, viviendas, recintos, estancias y toldos que abordamos en este videojuego educativo. Y por otra parte, incentivar a que la persona que juegue, ya sea un docente, alumno o simple ciudadano interesado, profundice en la investigación.

Antes de iniciar el recorrido, se torna necesario hacer un poco de historia, tomando como punto de partida a dos recursos vitales para los habitantes de aquel complejo espacio fronterizo: las vacas y los caballos. Fue con la llegada del hombre blanco a estas tierras cuando se introdujo tanto la especie caballar como así tambièn, la vacuna. Corría el año 1536 cuando el Adelantado español Don Pedro de Mendoza al mando de una expedición enviada por la Corona española para la conquista del Río de la Plata, trajo consigo, además de los barcos y centenares de hombres, 72 caballos los cuales constituyeron el origen de dicha especie en nuestro país. Algunos años después, otro español era el que traía el ganado vacuno a la zona de las pampas. Algunos estudiosos hacen referencia a una expedición durante esa primera mitad del siglo XVI, proveniente de Brasil, que vino con un toro y siete vacas, y que habría sido determinante. Pero este no es el momento para extenderse en debates. La cuestión es que transcurridos algunos años,  la presencia de la especie caballar y de la vacuna en el territorio constituyó un verdadero foco de conflicto y  de numerosos choques entre nativos e hispano criollos.

 Lo que hoy conocemos como Partido de Tandil era una zona que ya desde el XVII contaba con la presencia de ganado salvaje, el cual era motivo de cacería tanto por indígenas como por blancos. Este tipo de actividad era conocido como "vaquería", que consistía en el sencillo acto de cazar y arrear vacas. Y fue a raíz de una vaquería que aparece por primera vez mencionada la palabra "Tandil". En el año 1707, un acionero con sus capataces y peones, procedentes del sur de Córdoba iban camino a "los corrales de Ferreyra" en el Tandil, y fatalmente para ellos, fueron sorprendidos y asesinados por los indios. Este sangriento hecho dio paso a un Sumario, el cual quedó debidamente documentado para la posteridad y allí inmortalizada la palabra Tandil... El paso del tiempo y la lucha cada vez màs encarnizada por los recursos llevó a que aquellos propietarios denominados accioneros (que solo podìan salir a cazar vacas con previa autorización del Cabildo) fuesen dando lugar a otro modelo de propiedad màs estable: la estancia. El modo de aquerenciar las haciendas en los campos lo hacían mediante el enterramiento de un fuerte poste (habitualmente con madera de ñandubay, aunque para nuestra zona era frecuente el uso de la piedra) en el campo, donde el animal descubría de casualidad dicho palo y por costumbre ancestral comenzaba a rascarse en él; siendo luego imitado por el resto. Obviamente que los baqueanos y los peones eran los encargados de supervisar todo en aquellos grandes predios previamente elegidos por sus patrones. En lo que refiere a las razas vacunas, la raza criolla (la originaria introducida desde los primeros años de la Colonia) era parcialmente aceptada por la clientela inglesa. Así fue que para el año 1826, se introdujo la raza Shorthorn, la primera de pedigree importada por un ganadero de origen inglés y apellidado Miller. Este hombre la utilizó para su estancia en la zona de la actual Cañuelas, dando inicio a la etapa del mestizaje vacuno. 

Por más que para muchos sea harto sabido, es imprescindible remarcar que el cuero fue el primero y el principal valor económico que se aprovechó del ganado vacuno.  Y se hace imprescindible recordar que en esos tiempos que algunos como Domingo F. Sarmiento se atrevieron a denominar esta primera mitad del siglo XIX como "La Edad del Cuero", dicho elemento era utilizado para una variada gama de utilidades. Por ejemplo, sectores de la elite brasileña dormían en lechos de cuero, en Europa, los carruajes estaban colocados sobre muelles de cuero; sucedía lo mismo con las bombas para los incendios hechas también con cuero y lo más importante para poner en contexto mundial, por varias décadas, las máquinas de vapor llevaban juntas de cuero, y ni hablar de los ejércitos europeos que consumían mucho cuero también.

A continuación nos vamos a referir a los usos de la vaca a nivel local, en el contexto de esas aldeas militarizadas que eran los Fuertes y Fortines. Pero antes urge aclarar algunos términos. La Asesoría de Estudios Históricos del Comando de La Primera Brigada Blinda Brigadier General Martín Rodríguez en numerosas entrevistas que tuvo con quien suscribe, insistía en que había que diferenciar una Fortaleza, de un Fuerte y a su vez de un Fortín; siendo el primero de estos más grande y con más complejidad dentro de su estructura. Un Fuerte era un establecimiento a medio camino entre la Fortaleza y el Fortín, este último de carácter netamente precario y provisorio. Esto viene a colación de la primera carta que envía Rodríguez al Gobierno Delegado, quien lo hace desde la "Fortaleza de la Independencia" (cuando en verdad era un fuerte). La que si era una Fortaleza era la "del Callao". Ahora bien, retomando los usos cotidianos que hacían aquellos milicos, es bueno remitirnos a los conocimientos del Dr. en Historia Carlos Paz, quien también en varias entrevistas (previo a sumarse definitivamente a nuestro equipo) nos contaba como usaban y aprovechaban absolutamente todas las partes de la vaca. Mientras que no estuviese afiebrado el animal, se lo podía aprovechar totalmente. Por ejemplo, la quijada, parte elástica de la mandíbula, habitualmente era hervida y se usaba como caldo. A su vez, la carne de la vaca era muy sabrosa y a la carne la salaban.

Es tiempo de hablar de la especie caballar. Para La zona del Tandil, como así tambièn la del "Volcán" (actual Puerta del Abra, entre Mar del Plata y Balcarce) eran campos libres de árboles, y en resumidas cuentas con excelentes pasturas para los animales. Y ya que hicimos referencia al anecdótico, pero no por ello, importante dato de que a los caballos los ingresaron los españoles durante la Primer Fundación de Buenos Aires, en 1536, creemos conveniente destacar lo clave que fue la introducción de este recurso dentro de las sociedades indígenas. En torno al caballo, pudieron los nativos desarrollar y complejizar el funcionamiento de la sociedad pastoril. Ricos testimonios como los de los jesuitas T. Falkner y J. Cardiel destacan la presencia de innumerables yeguas baguales, como así también describen a esas inmensas llanuras pobladas de caballadas salvajes; pero lo màs importante, nos hablan de como capturaban el ganado arreándolo hacia la zona actual de Sierra de los Padres, en zonas altas con caminos estrechos que eran cerrados; practicando de esta manera el “engorde”: o sea, estamos frente a un escenario donde funcionaba un sistema de potreros. La demostración de como optimizaban los recursos en la Sierra de Los Padres o en la Sierra del Volcán (existen distintas visiones del significado "Volcán" o "Volcán"; el cual, por un lado, significa abertura o abra de montañas. Reforzando en esta dirección el concepto mapuche de “Volcán" que significa "Abra"; y por otro lado, la tesis de que "Volcán" es voz compuesta, formada de "vul"-juntos o pegados- y "canque"-asiento de cualquier cosa-, o sea, reunión de cerros) ha llevado a pensar a algunos investigadores que en definitiva, dichos potreros no eran màs que una parte o quizás el "el primer apostadero" en las largas travesías hacia el sur para llevar el ganado al otro lado de la Cordillera; en lo que constituía un verdadero circuito de comercio a gran escala. Los rápidos movimientos de caza de caballos en las estancias de los blancos, ya sea por parte de indios Pampas o de Tehuelches, para llevarlos luego a otros centros de pastoreo con buenas pasturas y buenas aguadas nos conduce a pensar en un funcionamiento con verdadera complejidad social y cultural.

Y ya que hablamos de estancias y caballos, debemos recordar las "Instrucciones a Los Mayordomos de Estancias", escritas por Juan Manuel de Rosas en 1819 y ampliadas en 1825. En dichas Instrucciones, el futuro “Restaurador de las Leyes” recomienda, entre tantísimas cosas, que a los caballos que tengan postemas u hormigueros, no debe sacárselos con un cuchillo sino con la punta de un asador caliente. A su vez, durante el rodeo, para que paren, Rosas sugiere no gritarles, sino decirles: "lli lli to", o tambièn a la hora de recortar el vaso, hacerle un juego previo con la mano tres veces, y si no hace caso, jugarle con el cuchillo. El libro viene con un glosario muy valioso. Por ejemplo: "reyuna". Se refería al caballo que pertenecía al Estado y que como señal llevaba cortada la oreja derecha. Por otro lado, Rosas señala como se debería obrar en las estancias en el caso que apareciese un oficial o soldado a pedir un caballo para alguna expedición; en este tipo de contingencias debía dársele un "patrio" preferentemente, que eran los mejores.

 Y como cierre del tema de los caballos, vale aclarar que era habitual que desde el Fuerte saliera cada milico con tres caballos, en trayectos medianamente extensos, como por ejemplo, hasta la actual zona de Bahía Blanca (Fuerte Protectora Argentina-11/04/1828- ).

Dejando atrás los temas relativos a las actividades pecuarias, pasamos a continuación a enumerar algunas de las muy variadas especies de la flora y fauna pampeana que acompañaban como actores de reparto en ese gran "teatro de operaciones"; en el cual los protagonistas eran generales, soldados, oficiales, milicianos, caciques, capitanejos, estancieros, capataces, pulperos, fortineras, y tambièn aquellos campesinos errantes, los legendarios gauchos matreros.

Empezaremos con la fauna. Y en este punto debemos destacar la gran cantidad de nutrias que había en aquellos arroyos y lagunas. Ese fabuloso documento histórico que es el "Diario de la Expedición al Desierto", en el cual se narra el día a día de la segunda campaña de Martín Rodríguez al Sur del Salado, nos cuenta que el 14 de marzo de 1823 al mediodía la vanguardia del ejército descubrió algunos jinetes en el horizonte; éstos huyeron al ser vistos, pero dejaron la evidencia: ranchos de paja, con ropa, aperos y "una faena de cueros de nutria en estaqueo cuyo número ascendía a 60 o 70 docenas...". Al día siguiente, el Diario hace referencia a la presencia de nutrias, junto a patos y cisnes, en un alto en la campaña que hizo el Ejército, donde había una laguna con agua exquisita y buen pasto para las caballadas. La soldadesca se divirtió mucho ese día cazando nutrias y aves acuáticas. Entre otros bichos que había en buena cantidad eran las mulitas, los cuises, así como tambièn numerosas  liebres. Las liebres andaban, como se las puede ver en la actualidad, en numerosos grupos, frecuentemente "jugando" y era la noche el momento que un experto cazador las veía con màs frecuencia y en màs cantidad, divisándolas en la oscuridad con esos ojos rojos brillantes. Se las podía cazar con lazos o bien se realizaban tramperas. La caza no la hacían con soga sino màs bien con crines de caballo trenzadas a modo de cuerda. Otros bichos que habitaban las pampas y las zonas aledañas al Fuerte eran maras, peludos, carpinchos, zorros, zorrinos, y tambièn pumas. Las que si había, y quizás en mayor cantidad en comparación con otros "bichos" eran las vizcachas, que con sus vizcacheras podìan ser trampas fatales para los caballos y sus jinetes. En esos escenarios, los agujeros de vizcachas eran predominantes. Entre los zorros, predominaban los grises, y como olvidar a los roedores, los famosos ratones de campo...los cuales dentro del mismísimo Fuerte tenían su respectivo victimario: el "caza ratones". El ciervo pampeano y el guanaco tambièn decían presente en aquel paisaje. Próximos a estancias y al mismo Fuerte estaban los temidos perros salvajes. En las inmediaciones al destacamento militar podíamos ver chanchos y gallinas tambièn.

En las zonas donde el pastizal alto ya no estaba omnipresente, se podìan apreciar lagunas con abundancia del berro, totoras y juncos. En esos espejos de agua se podían apreciar variedad de patos y cisnes;  por otro lado, se veían muchas y variadas especies de aves.

Entre las aves, podemos recordar a los chingolos, a los chimangos y a los caranchos (el carancho se diferenciaba por su copete negro); a los chajás, a los teros que ponían los nidos a orillas de los caminos, a las pequeñas palomas ("las pampeanas") y a esas hermosas águilas moras que volaban por estos lares, en la zona de las sierras. Y entre las aves acuáticas, los patos silbones y las garzas moras o patos sirirìs. Vale aclarar que los gorriones que hoy nos acompañan en nuestra vida diaria, los había introducido en el país, años màs tarde del período que abordamos en el videojuego un tal Domingo Faustino Sarmiento... Los zorzales eran los encargados de embellecer con sus melodías el espacio pampeano. Tambièn las gallaretas, las martinetas y las perdices copetonas eran aves características de la pampa de allá lejos y hace tiempo, al decir de Guillermo Enrique Hudson quien fue un recordado viajero naturalista inglés que supo dejarnos valiosas descripciones e investigaciones con respecto a la flora y fauna autóctonas.

Y alejándonos un poco de la belleza y de la música, no podemos dejar de traer a colación a los lagartos, a las serpientes y a los sapos, que tambièn había y en buena cantidad. 

Otro animal clave en aquella escenografía campestre de la primera mitad del siglo XIX, y que ha pasado a la inmortalidad gracias a las narrativas costumbristas, como a las pinturas, grabados, litografías y óleos de la época ha sido, sin dudas, el ñandú; el ñandú cimarrón. Anteriormente destacábamos al zorzal y sus melodías...pero es momento de recordar que el ñandú tambièn estaba muy vinculado con la música y en especial con un instrumento aborigen: la pifilca.

 La pifilca es un instrumento de madera finito de un solo sonido que representa el grito del ñandú. El ñandú es un ave que está acompañado de sus crías-charitos-. En la Patagonia y en la pampa hay juncos grandes y también hay vientos muy fuertes. Era muy común que los charitos se perdieran entre los juncos, y al perderse, la especie corría peligro de extinción. Así era que la madre emitía un "chiflido" similar al de la pifilca...y luego, a lo lejos, se escuchaba una especie de coro de "chifliditos" màs agudos, que eran nada màs y nada menos que las crías gritando en respuesta al llamado de la madre. Gracias a esta funcionalidad de los sonidos, la madre podía ubicar a sus pichones. Y así es como la especie se mantenía a salvo. El ñandú, además de este aspecto simbólico tenía una utilidad clave como lo fue en esas famosas Ferias del Chapaleofú, donde se hizo muy conocida la venta de plumas de ñandú, como tambièn en donde Martín Rodríguez quería establecer el Segundo Fuerte: en el Volcán; donde además de ponchos, aguardientes y yerba se vendían tambièn allí plumas de esta especie que en lengua mapuche se denominaba “choique”. Los huevos de ñandú podìan servir de alimento, por ejemplo, a una cautiva que se hallaba perdida varias semanas (tal es el caso del documento que Hugo Nario rescató allá por el año 1996 con referencia a Polonia Ibarra, oriunda del Pago de Arrecifes) y la clara del huevo de ñandú podía calmar la sed de un gaucho carente de agua... Distintas y curiosas utilidades a nuestros ojos de hoy...

Al principio de nuestro relato habíamos hablado de los pumas. Charles Darwin los mencionó cuando anduvo por el Tandil allá por 1833 ("Tandeel", escribió en su diario de viaje). La actual Reserva Natural de Sierra del Tigre guarda ejemplares, y es por esa zona, donde testimonios y documentos hacen alusión a la presencia de este temible felino. Y si de felinos hablamos no podemos dejar afuera al gato montés o gato de los pajonales.

Y los pajonales solían convertirse en pistas de carreras para las enormes arañas que "competían" a gran velocidad sobre las pajas, tal como nos recuerda Hudson.

Juan Manuel de Rosas nos dejó valiosos testimonios cuando vino al Fuerte Independencia y a la zona del Volcán a fines de 1825. En lo que a flora respecta, afirma que abundaban los pastos tiernos, la cebadilla, la cola de zorro, la gramilla, el trébol de olor y a su vez, el duraznillo, la achira y la lengua de vacas, las cuales eran importantes ante la escasez de leña para encender el fuego. Una planta que se multiplicaba por medio de semillas trasladadas por los fuertes vientos era el cardo pampa. También estaba el cardo de Castilla, de borde espinoso y flores violáceas, las cuales podían servir de alimento a las caballadas.

En cuanto al pastizal pampeano de aquel entonces hay que imaginarlo bastante alto y compacto. En algunas zonas había bañados o lagunas, donde las flores silvestres daban un toque de distinción a esa pampa húmeda, que tambièn daba lugar a numerosos pantanos. Aquellos pastos gruesos medían aproximadamente entre noventa centímetros y un metro y medio y su color era un verde intenso; crecían sobre la tierra húmeda y arcillosa. La pampa tenía una capa de humus de un metro y medio. La altura de los pastizales no es un dato menor, y así es que las carretas no podìan andar por cualquier parte, y la pericia de los baqueanos se convertía en algo fundamental (para “bien” o para “mal”, como sucedió en el famoso episodio de La Perfidia…)

Entre esos matorrales estaba enroscados los trèboles, con largos tallos. Aunque en las tierras pantanosas se podìan apreciar, por ejemplo, lirios amarillos, blancos, blancos y rojos, y tambièn algunos gladiolos, que al decir del naturalista extranjero anteriormente referenciado la flora de la pampa es de la màs "pobres" del planeta.

A modo de ejercitar la imaginaciòn de aquel ambiente, pensemos que todas las tardes se levantaban brumas, las cuales no dejaban de impactar en las sensaciones de los habitantes... Y en cuanto al clima se refiere, es preciso apuntar como las heladas y la seca afectaba, por ejemplo, el éxito de una expedición, dado que los caminos quemados dejaban sin alimento a los caballos y las vacas, y por consiguiente sin recursos de movilidad y alimento a la tropa. Las nieblas tambièn constituían un impedimento y en aquellos años, promediando mayo, los pastos se tornaban amarillentos, la helada se hacía sentir, y sumado a los vientos fuertes la caballería veterana debía retirarse a cuarteles de invierno...

A modo de culminación de este escueto ensayo acerca de la relación sociedad/naturaleza y del peso de las condiciones ambientales,  debemos subrayar que ese "mítico" y simbólico, pero gravitante Río Salado no se podía cruzar por cualquier parte. Y esto no era un dato menor. Porque los bañados, los cañadones y los bajíos llenos de esteros estaban allí, obrando por momentos como infranqueables muros para las carretas y sobre todo para las sofocadas bestias de tiro (bueyes) que incursionaban "tierra adentro". Los rigurosos preparativos y aprestos militares entre enero y febrero de 1823; la elección de un punto de salida de las divisiones desde Buenos Aires en un lugar con buenas aguadas para la caballada; la determinante influencia del clima; las distancias y sobre todo la conformación de un poderosísimo ejército con 2700 hombres, 6000 caballos y 260 carretas que en ese histórico 9 de marzo 1823 cruzó el Salado, son indicadores del peso decisivo que el medio ambiente ejercía sobre las sociedades de fronteras. Tambièn tratar de que podamos reflexionar sobre aquel profundo conocimiento del terreno de esos ingenieros que determinaron la elección del Fuerte en dicho espacio, ubicado de manera perfecta entre dos arroyos aún innominados, que luego pasarían a llamarse Arroyo Blanco y Arroyo Tandil; este último cauce mucho màs torrentoso, dado que juntaba el agua de las sierras y por esas cosas de la Historia terminaría siendo más de un siglo después el curso de agua que provocaría la terrible inundación de 1951. Y por último, y quizás lo básico y más importante: tener siempre presente la causa por la cual se llevaba adelante una campaña de esa envergadura al sur bonaerense no era otro que el de garantizar nada más y nada menos la vida pecuaria.

 

Guido Rapallini.