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Una pulpería era el espacio social de convergencia por antonomasia de bienes, hombres e ideas en los espacios de campaña. Podía tratarse de pulperías establecidas en algún punto nodal de los circuitos y articulación económica así como de tránsito y coyuntura de redes sociales, o bien ser pulperías volantes: aquellas que recorrían la campiña comprando y vendiendo productos de primera necesidad o bien algunos ‘lujos’.

A la pulpería se acercaban sujetos de todas las condiciones sociales, así como aquellos que provenían de otras partes y que por alguna razón estaban de paso. El único distintivo externo que existía era la ropa –además de los modos y usos del lenguaje, claro está. Un determinado tipo de poncho, un sombrero, una copla, podían brindar pistas de quién era el sujeto que se llegaba hasta la pulpería para comerciar, beber un trago, departir algunas de sus experiencias personales o bien dedicarse, en los momentos en que era posible, al dolce far niente.

El pulpero en sí mismo fue una figura relevante en aquella trama de la vida social de las Fronteras. Era el que conocía a quienes frecuentaban su establecimiento o bien era el que podía indicar que un forastero era indeseable por su porte y proceder. La experiencia y el conocimiento que poseía de las virtudes y miserias humanas se fundaba en su trato cotidiano, y a lo largo del tiempo, con personas disímiles en su modo de ser y comportarse. Así como había que ‘ser amigo del juez’ para obtener alguna prebenda, lograr cierta empatía con un pulpero brinda al hombre de la campaña una fuente de información confiable desde la cual emprender algunas acciones como conchabarse en alguna estancia o bien pedir asilo en las tolderías por algún tiempo si es que el cacique accedía al favor político de otorgar amparo.

 

por Carlos D. Paz