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El río Salado es uno de los mayores ríos de la actual provincia de Buenos Aires; un cauce de agua de singular presencia en la imaginería histórico-antropológica. Un hito de la naturaleza que se ha presentado desde hace años como una divisoria entre la cultura hispano-criolla y la naturaleza indígena. En el imaginario histórico-popular aún pervive la idea qué, partiendo desde Buenos Aires, más allá de sus márgenes se daba lugar un mundo bárbaro que necesitaba ser conquistado. Una imagen propia de un romanticismo pletórico aunque con severas faltas a la verdad.

Más allá de la eficacia simbólica de la imagen de cruzar un río y adentrarse en un mundo hostil, dejando sus márgenes ungido de un cierto aura de heroicidad, de lo que da cuenta el registro documental es que tanto nativos como hispano-criollos atravesaban el río Salado con notable recurrencia. A lo que en rigor de verdad debemos de prestar atención como noción de frontera es que la misma se hacía presente dónde las relaciones sociales, refrendadas en una u otra persona, se traslapaban; cobraban menor visibilidad. Las fronteras existían allí dónde el capital social relacional dejaba de surtir efecto y no se podía colocar a un sujeto dentro de una trama de sentido. Es decir, que determinado individuo pudiera ser asociado a una persona central, el ego de una red social, o a un espacio controlado por tal o cual sujeto. Aspectos todos que no se hacían presentes en el río Salado.

Los hombres de comienzos del siglo XIX, así como aquellos que los precedieron y desde dónde tomaron la experiencia previa para atravesarlo, lo concebían, diríamos desde el hoy, como un hecho social total más de su vida en las campañas. En aquel instante del cruce convergían normas y saberes.

 

por Carlos D. Paz