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Buenos Aires no siempre fue la populosa urbe que hoy conocemos pero sí desde época temprana fue un punto de referencia, sobre todo luego que el Virrey dejara su residencia en Montevideo y se asentara en la ‘reina del Plata’. Buenos Aires, en las postrimerías del siglo XVIII y los albores del XIX, competía, disparmente por cierto, con centros urbanos, y residencia de fuertes poderes locales, como Salta y Córdoba. Para fortalecer las bases económicas de su patriciado urbano era necesario realizar una expansión sobre el medio-ambiente que posibilitara ampliar la base productiva. Aspecto que había comenzado lentamente desde la segunda mitad del siglo XVIII.

Los fértiles campos del SE de la actual provincia de Buenos Aires ya eran conocidos desde, al menos, un siglo antes de la fundación de los fuertes y fortines que pretendían imponer una señal física del avance ‘porteño’. Por lo tanto el espacio físico y social no era novedoso y por ello mismo una campaña no se podía improvisar. Era necesario estudiar bien a qué elementos recurrir para alcanzar con éxito la fundación de un Fuerte. 

Buenos Aires era, a comienzos del siglo XIX, una ciudad con casas que albergaban a los sectores acomodados así como rancheríos dónde el ‘bajo pueblo’ residía; una trama urbana, con su correspondiente ejido, al que algunos caciques indios visitaban, tanto para comerciar o como para debatir políticas a seguir como cuando, por ejemplo, en los preparativos anglosajones para la segunda invasión inglesa, ofrecieron sus servicios como lanceros para combatir a los enemigos de sus ‘socios’ comerciales. Aspecto que deja en claro el tono polisémico de aquella Buenos Aires. 

 

Carlos D. Paz